| Al
principio todo fue silencio, un silencio de nada, un silencio absoluto.
Había tanto, pero tanto silencio, que el propio silencio se asustó
consigo mismo y el corazón comenzó a latirle con fuerza.
Esta taquicardia cósmica despertó a las estrellas que, parpadeando
sobresaltadas, se asomaron al universo...
El universo era infinito, oscuro; a la luz le dio tanto miedo que quiso
escapar y huyó a la velocidad de ella misma. La luz al pasar despertó
a los planetas que tuvieron un ataque de nervios y empezaron a girar,
tropezar y originar meteoritos, cometas y otros enloquecidos cuerpos celestes
que corrieron despavoridos en todas direcciones.
Por si esto fuera poco, algunos soles, alterados, perdieron el control
y empezaron a explotar en forma de supernovas mientras que otros se achicaron
de miedo creando unos agujeros negros en el espacio que se tragaban al
que pasara cerca.
Toda esta histeria cósmica hizo que muchos añoraran regresar
a la nada, al silencio original, pero el silencio había escapado
por un agujero negro y nunca más se supo de él...
Y en ese mismo momento, en un estúpido planeta, perdido en los
confines de una estúpida galaxia, a una estúpida molécula
se le ocurrió agruparse con otra molécula, tan estúpida
como ella, iniciando una serie de estúpidas reacciones químicas
que finalmente dieron origen a la vida.
La vida evolucionó como le dio la gana trayéndome finalmente
hasta aquí, y aquí estoy aunque probablemente el universo
no se entere nunca.
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