Por
si no lo sabían, en este universo en que habitamos las estrellas
se reproducen con
gran rapidez, tanta, que si no fuera por los agujeros negros del espacio
ya estaríamos llenos de ellas.
Los agujeros negros son algo así como unos tragones por donde
las estrellas sobrantes salen de este universo hacia otra dimensión.
Un día, vaya usted a saber por qué, un agujero negro se
tapó e inmediatamente una gran cantidad de estrellas se aglomeraron
en el sitio y, como las estrellas no soportan estar chocando unas con
otras, armaron una gran algarabía.
El ruido que provocaba su discusión terminó por despertar
a Dios que dormía apaciblemente cerca de allí.
Primero envió a sus arcángeles con órdenes terminantes
de resolver el conflicto, pero, aunque lo intentaran, no lograron destapar
el agujero, así que Dios decidió acudir en persona a remediar
el asunto.
Probó, al principio, con productos químicos, pero fue
inútil, el agujero seguía tapado. Decidió entonces
utilizar un gran destapador cósmico y comenzó a bombear...
Finalmente, con un gran chasquido, el agujero quedó libre y empezó
a tragarse a gran velocidad a todas las estrellas que se habían
acumulado. Era tal su fuerza de succión que Dios mismo fue arrastrado,
con sus ángeles y sus arcángeles, hacia otra dimensión.
Desde ese momento, los que quedamos acá, buscamos a Dios sin
encontrarlo; sabemos que existe... Pero está en otra parte.