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La primera vez que lo vi andaba con su guitarra cantando canciones. No recuerdo de qué hablamos ni quién nos presentó, sólo sé que era La Habana de hace unos cuántos años y que él cantaba canciones. Entonces vino el descubrimiento, porque Rafael Quevedo es un músico que va entrando despacio, te va llevando de la mano por su universo poético hasta que, sin darte cuenta, estás atrapado en medio de sus textos. Así me sucedió a mí y luego, poco a poco, entre canción y canción fue naciendo una amistad que ni los años ni las distantes geografías han logrado enfriar, todo lo contrario. Quevedo o el Queve, como lo llamo yo, es un soñador, un poeta, alguien que nos hace viajar por los mundos que ve, y a veces reímos, otras nos tomamos una pausa para pensar; porque algo que caracteriza a sus canciones es la poesía y el buen texto. Y eso, unido al buen trabajo musical, dan un magnífico resultado. A lo largo de los años lo he visto crecer, experimentar con nuevos ritmos e incorporar a su trabajo toda la experiencia recogida en su constante deambular guitarra a cuestas, porque Quevedo es de esas personas que busca siempre y se renueva y crea y siempre nos deja con esa sensación de cosas vivas. Yo seguiré cargando con tus cartas y tu música adonde quiera que vaya y, para ti, Queve, uso tus propias palabras en la canción Fortuna: “no te detengas nunca de alimentar tu vuelo...”. Bienvenidos todos al concierto.
Karla Suárez Escritora. París. Francia.
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Por debajo del humo, su pipa. Detrás de cada voluta,
como un bienvenido fantasma, el trovador Rafael
Quevedo. Imagen arbitraria, un flash del amigo en
cualquier impasse en que deja descansar su guitarra y
deviene la charla siempre humana
(léase vida, muerte,
poesía, mujeres, afectos, distancias, geografías). Y
en medio, el vino que acompaña o el ron o el whisky o
el café más negro, esos otros amigos que encienden aún
más la catarsis que nunca será otra cosa que su
cosmovisión del aquí y ahora, su mirada siempre
más
allá.
Pero ante todo, Rafael, el cubano, el Rafa, es
sus canciones, su obsesiva búsqueda de la palabra que
diga aún más de lo que supone, el engarce sutil con la
música que la copule como corresponde, que la dance
hasta dejarla muda, al borde del silencio que
se
necesita para degustar una buena página musical. La
poesía es su punto de partida y de llegada, su
irrenunciable batalla, su necesaria conquista. Años de
viajero, de sondear otras culturas, le han dejado esos
imperceptibles tatuajes en el alma que sólo un
artista
amplio y generoso puede al cabo del tiempo traducir en
bellas canciones.
Tarea fallida si las hay la de
intentar explicar o transferir la sensación que nos
produce una obra o un gesto artístico, por eso ahí
están las canciones de Rafael para pedir un
primer
plano y dejarnos a nosotros el rol de sensibles
escuchas. Ese punto en que la emoción y el aplauso
pueden llegar a ser la misma cosa.
Rubén Valle Periodista y poeta. Mendoza, Argentina. |
Todo hombre es más grande que la tierra que le vio nacer, pero los hombres verdaderamente libres son capaces de construirse sus propios países: patrias hechas a la medida de sus sueños y sus afectos que no están reconocidas en los tratados internacionales, pero que son siempre tierras de acogida. Al país de Rafael Quevedo se entra por la puerta grande de su música. Allí se entremezclan ritmos y textos con la sabiduría del trovador, que es cantor y poeta a la vez. Allí se canta al amor y al desencuentro, al deseo y a la nostalgia, siempre bajo el sol tropical que luce infatigable en ese país que Quevedo lleva consigo (¡caballero, qué calor!), por mucho que las tierras donde pisa no muestren sino nubes y fríos. Y por mucho que la engañosa distancia del mundo se empeñe en hacernos creer que vivimos tan lejos, cada vez que hacemos sonar sus canciones nos reunimos a su mesa de artista para brindar con él por la vida, porque ése es el amor imprescindible para que alguna vez, sobre las cenizas de tantos sueños muertos, seamos capaces de volver a soñar juntos de nuevo. Mientras tanto, seguiremos exiliados en la patria musical de Quevedo, que es la de los hombres libres.
José Manuel Fajardo (novelista, periodista, español.)
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