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A finales de la década de los ochenta, en una incesante búsqueda de todo lo que tuviese que ver con trovadores, poetas, pelos largos, sandalias y acentos argentinos, conocí a este humilde hacedor de canciones que a golpe de guitarra y voz desafiaba el desinterés de los medios de difusión respecto a su obra y enfrentaba una absurda prohibición debido a ciertas difamaciones que a estas alturas no vale la pena nombrar.
Juan Carlos Pérez es uno de los ejemplos más dignos y más claros a la hora de afirmar que el trovador es una actitud ante la vida. Poeta sin discusión, tronco de músico, ha cautivado a sus seguidores por más de veinte años, sus textos son un llamado a la unidad y a la sinceridad entre los seres humanos. Sus melodías vuelan en un rock and roll haciendo escala en un lírico guaguancó, respirando los aires del bossa nova para aterrizar definitivamente en la canción trovadoresca.
Por eso el espacio A guitarra limpia, hijo legítimo del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, nos propone en su mágico patio de la calle Muralla este concierto que, sin dejar de ser un hecho artístico, es también un acto de justicia porque Juan Carlos Pérez es un hombre de siempre y su trova es de todos los tiempos.
Fernando Bécquer
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La fecha no la recuerdo bien, pero debe haber sido hacia finales de los 70s, en algunas de las peñas de Canción y Poesía de Santiago de las Vegas, o en las de Teresita Fernández bajo los árboles del Parque Lenin, o en la galería Amelia Peláez del mismo parque. Lo recuerdo flaco, desgarbado y melenudo - típica y mítica imagen del trovador veinteañero -, disparando canciones tiernas, desgarradas, afirmativas y rebeldes, con una manera particularmente rítmica de tocar la guitarra.
Para entonces ya Juan Carlos Pérez había transitado por el Servicio Militar tocando percusión en varias bandas, batería en grupos de aficionados, la guitarra en solitario, hacía canciones y había irrumpido por derecho propio de su obra y su talento casi de los primeros en el Movimiento de la Nueva Trova. Luego haría cosas aun peores para los que nos tenían ojeriza por entonces: estudiaría música electroacústica con el maestro Juan Blanco, fundaría las tertulias de la UNEAC junto a Nicolás Guillén, las de la Unión de Periodistas de Cuba; ganaría un premio en el concurso Adolfo Guzmán con una canción envidiable, Cantata, defendida por el grupo Nuestra América y orquestada por Frank Fernández; fundaría peñas en cuanto lugar pudo en la capital y sus alrededores, en las cuales tuvieron cabida muchísimos trovadores, y participaría en todas las que hacían otros, reforzándolas con sus canciones y la seguridad de su presencia, y en varios casos asumiéndolas posteriormente con paciencia y tenacidad de epopeya, tal vez el rasgo más característico y guerrero (y hermoso) de su personalidad.
Su música tiene la hermosa característica de ser tremendamente impura. No hay fórmulas para su musa, que puede moverse entre el rock, los ambientes sinfónicos, los ritmos cubanos, brasileros, argentinos y africanos y sentirse todos a la vez, en una fusión natural de toda la música que ha estudiado y disfrutado. Sus versos nos llevan de la mano por toda la poesía hispanoamericana y las versionadas de otros idiomas, al mismo tiempo que sus temáticas nos sumergen en el mundo en que vivimos, sufrimos y amamos con angustia y esperanza, dominadas por el humanismo que nuestra tierra ha sembrado en todos en los últimos 40 años. Ha cantado con medio mundo en Cuba y otros países; ha grabado con grupos de pop y de rock cubanos y españoles, con músicos brasileros y con su propia banda, así como con músicos y trovadores cubanos de varias generaciones y estilos, siempre gustosos y honrados de compartir sus temas.
Las canciones de Juan Carlos (Juanca, para los cofrades) han recorrido toda la geografía cubana y algunas están no solo en antologías indiscutibles de la música cubana, sino en la memoria de quienes lo admiramos desde hace tiempo. Su presencia ha estado en espacios tan fundamentales para la cultura cubana como el Teatro Amadeo Roldán, el Palacio de Bellas Artes y la Casa de las Américas. De manera que estamos ante un trovador de pura cepa. Y se presentará todo él con sus canciones en una suerte de Olimpia de los trovadores cubanos y de cuanto país nos visite: el espacio A Guitarra Limpia del Centro Pablo de la Torriente Brau. Disfrútenlo por ustedes y por mí, que me lo perderé por esta vez.
Vicente Feliú
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