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Marta
María Ramírez A Frank
Delgado lo escuché allá por los años ochenta, cuando
todavía era un calco de Don Quijote de la Mancha.
Después aparecieron temas como Orden del Día y
Río Quibú, divulgados hasta el cansancio por
grupos de moda como Mayohuacán y Mezcla, que lo lanzaron
ante una generación ávida de acordes de guitarra y
letras punzantes. Tiempo más
tarde, en un abrir y cerrar de ojos, aquel joven de pelo
largo, se convirtió en un hombre de éxito entre los más
acérrimos trovadictos de la ciudad. Desde
entonces Frank se distingue entre los de la Generación
de los topos —la de los 80— por un discurso menos
poético y más crudo. El llamado
cronista de las historias extraoficiales revelará nuevos
trozos de vida y recordará otros, a los que asistan a su
próximo concierto, el martes 7 de octubre a las 8:30 pm,
en el teatro Amadeo Roldán de la capital. Este fue el
pretexto ideal para JR. Yo, simplemente, me senté
y abrí la agenda. —¿Por qué
calificas a tu generación como menos
lírica? —Casi
todos llegamos por distintas vías a hacer testimonios y
crónicas, más que poesía. Aunque los primeros trabajos
de Tosca, Alberto Cabrales y José Raúl García
estaban muy vinculados a la poesía lírica, derivaron más
tarde en el testimonio. Fueron estas canciones
testimoniales las que más se difundieron, o las que más
se escucharon, o las que más les gustaron a la gente.
Esa es una conclusión mía y puede que esté errado.
—Llegas
tarde a la guitarra... —Pero
yo conozco gente que llegó más tarde y saben mucho de
guitarra. No es para justificar que la toco de manera
mediocre, sino porque creo que, aunque hubiera estudiado
de niño, no habría sido nunca un gran guitarrista. Sin
embargo, tengo buenos recursos para hacer canciones si
bien no soy un buen intérprete de la guitarra.
—A
lo que iba, ¿en qué medida es esta la razón de ese amor
tuyo por la guitarra? —Movilizar
instrumentos, músicos, aparatos de sonido... te desgasta
mucho y no ganas nada. Cargas tú mismo los equipos,
aunque los amigos te tiren tremendos cabos. A veces
dices pa’ qué voy a tocar con una agrupación si no vale
el esfuerzo. En realidad hacía rato que no tenía una
experiencia así. Lo hago solo, con mi guitarra, por
necesidad. Si existieran mejores condiciones me
presentaría con un grupo frecuentemente, pero aquí
económicamente no da la cuenta y en el extranjero menos
todavía. —Pero, ¡al
fin te presentas con una banda!... —Si
se puede llamar una banda a esos cuatro muchachitos. Hay
una batería, una percusión, una guitarra y un bajo.
Llamarle banda a eso es un eufemismo. No obstante, a la
música que yo hago le va bien con este pequeño formato,
con este amago de banda. —¿Quién se
encarga de los arreglos? —No los hay.
Se toca sobre la misma armonía y las ideas van
surgiendo. Es una especie de arreglo progresivo. Yo hago
de censor y les pido que no me pongan tanto tambor
porque la cosa se pone densa o que pongan más en otro
lugar. —En algún
lugar dijiste que no te considerabas teóricamente un
trovador... —¿Yo
dije eso? Pues no, yo soy un trovador. —Entonces
¿qué es un trovador? —El
trovador es una mezcla de guitarrista mediocre, poeta
mediocre, cantante mediocre... En ninguna de estas
especialidades se destaca mucho, pero cuando se une todo
la mezcla resulta muy explosiva. Siempre los hay que
cantan muy bien, otros que son excelentes poetas, otros
son buenos intérpretes. Pero el trovador es como una
especie de autosuficiente que se las arregla para hacer
todas estas cosas. Es un tipo solitario que hace una
música tan personal, que fuera de él parece
descontextualizada. No oí mejores versiones de canciones
de Silvio que las de él mismo. Creo que el trovador
cuando canta arriesga demasiado: está poniendo a su
personalidad como rehén de su arte. —¿Qué
significa el humor para Frank? —Yo siempre
quise ser humorista, porque creo que el punto máximo de
la inteligencia y el genio es el humor. Estoy pensando
en el humor de verdad, no el que se hace en algunos
bares de Cuba que es bastante ramplón y ofensivo. A ese
nivel el humor no me interesa. Estoy pensando en
humoristas como Flores, en México, o Masliah, en
Uruguay, o Virulo, en Cuba, quienes hacen historias
cotidianas geniales. Yo intenté hacerlas y no me
salieron. “He
tenido la necesidad de decodificar algunos de mis textos
al público en muchos lugares, antes de cantarlos. Fui el
primer sorprendido porque llegué a ciertos caminos de la
narración oral humorística, al tratar de explicar las
cosas serias que hacía. A estas alturas hay gente que
recuerda el chiste, pero no la canción”. —¿Por
qué la intertextualidad en tu obra? —Eso es muy
postmoderno. No lo inventé yo, pero está bueno. Creo que
en las canciones la intertextualidad te sale de la
memoria, por lo que supongo que es un homenaje a la
gente que tú quieres. También a veces necesitas llenar
espacios o congraciarte con la gente. —¿Y tu
discografía? —Tengo tres
discos oficiales. Están Trovatur y La Habana
está de Bala, grabados en vivo en Casa de la
Américas, y El adivino, producido por una
disquera española que se ha portado muy mal. Por suerte,
la tecnología digital ha favorecido a los pobres alguna
vez. Ahora las grandes compañías dejaron de tener el
patrimonio exclusivo de la música y de los estudios. Eso
ha ayudado a que mucha gente se dé a conocer mediante
estos soportes más democráticos. —¿Hay algún
nuevo trabajo discográfico en preparación?
—Quiero
grabar el concierto del martes. Hay problemas porque no
hay condiciones ahora en Cuba. En todos los sitios donde
he hablado no tienen la posibilidad de hacerlo y los
entes privados cobran un poquito caro. Ahora tenemos que
encontrar a gente que te financie el proyecto. Material
hay. |