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La cuerda floja
FRANK DELGADO
Por Humberto Manduley López
(Para Ileana Alonso)
"Dicen que murió la Trova…" pero quienes hablan así no conocen a este señor de contradictorio apellido; olvidan esa constancia que lo ha hecho de los imprescindibles; no toman en cuenta una trayectoria armada a guitarra limpia durante un cuarto de siglo, con esa autenticidad que solo se logra amando el arte de trovar. En todo este tiempo Frank Delgado (Octubre de 1960) ha permanecido fiel a su postura de moderno juglar, incluso cuando los presupuestos que animaron aquel Movimiento de la Nueva Trova, al cual llegó a pertenecer, han caído en desuso para la mayoría: signo de que las etiquetas ni le van ni le vienen…por suerte.
Frank es un trovador de esencias; conocedor profundo de diversas zonas de la creación musical cubana, no es ajeno a lo que ocurre en el resto del mundo. De ahí que su obra sea un crisol donde se conjugan chacareras y guajiras, algo de blues, guarachas, guaguancó, boleros, tangos, pinceladas pop y son, sobre todo eso, mucho son. Como nada humano le es ajeno emplea lo que le interesa del Rock anglosajón y se declara deudor del tropicalismo brasileño. Tal promiscuidad sonora le sirve para aderezar sus canciones definiendo lo que desde temprano en sus avatares de trovador comenzó a ser un estilo identificable. Un poco por todo eso le gusta mezclar sus composiciones con otras de autores de muy diversas procedencias como Pedro Guerra, Santi Feliú, Sabina, Pepe Ordaz, Chico Buarque, Alfredo Carol, Sindo, Corona, Gieco; canciones de todas las épocas y latitudes (desde el "Cotton field" de Credence Clearwater hasta "La cleptómana") que ha ido desgranando en los lugares más eclécticos: de Cochabamba a Miami, de Galicia al reparto Flores, de la Casona del Conde Palermo a las casas de Consuelo y Rafael, Gretchen y Jean Marc. Sus recitales, sean íntimos o públicos, son un verdadero divertimento donde los intertextos complementan de manera inteligente a la canción.
A estas alturas creo que Frank es uno de los cantautores cubanos que mejor ha incorporado a su discurso creativo la crónica, más que social, generacional, manteniendo además un carácter eminentemente urbano. Utilizando la primera persona del singular ha logrado retratar y retratarse (es decir: retratarnos). Peripecias y personajes comunes de nuestra cotidianidad están hábilmente plasmados, trabajados con una fina ironía y descontextualización, un humor ciertamente corrosivo, y un verbo afilado y cáustico, cual látigo con cascabeles (y bongoes). De tal forma en un mismo texto se pueden dar la mano, si es posible, el jolgorio político y la épica de lo marginal, la seria intelectualidad post-moderna y la carcajada escatológica. Cuando acude a las apropiaciones pone en funcionamiento códigos culturales haciendo desfilar en abigarrado colectivo a Konchalovski, los Dandys de Belén, Benedetti, Sodoma y Gomorra, el subcomandante Marcos, Simone de Beauvoir, Brassens, Kundera, Lidia Cabrera y Matamoros, entre otros muchos nombres de voluble referencialidad. Incluso se ha adueñado de temas ajenos como la antológica "Así estoy yo sin ti" de Joaquín Sabina, empleando la melodía para insertarle un texto diferente. En este caso concreto se produjo un curioso proceso de re-lectura y asimilación por parte del público nacional para el cual el nuevo verso que dice: "más triste que un obrero frente al Hotel Meliá de Varadero" suplantó al original del español.
También está ese componente erótico que conecta con la picaresca tradicional criolla, como en la serie de su invención denominada "de amores difíciles" donde se inscriben canciones como "Embajadora del sexo", "Pornorromance", "El mejor palo", "Pupy (nombre de colchón)", "Utopías" y otras. Devoto del amor libre y sin tabúes utiliza las más tórridas situaciones de cama para reflexionar sobre una realidad social de luces y sombras, estableciendo símiles que, condimentados con un mucho de humor, combinan ambos mensajes. En abierta discrepancia con aquello que dice de que "a los 20 años, incendiario; a los 40, bombero", sus canciones (hoy como ayer) siguen sin dejar títere con cabeza. Abordan temáticas medulares, ponen el dedo en la llaga, nos enfrentan a cuestionamientos constantes, carecen de retórica. El trovador es de quienes opinan que el mejoramiento humano comienza (re)conociendo lo que anda jodido en el mundo… y el mundo empieza en nuestra propia casa.
Mientras continúa la polémica acerca de la universalidad o no de la obra artística, las condiciones globalizadoras y la búsqueda de un sello nacional, Frank Delgado hace canciones que no se extravían al llegar a otro receptor. Quizás algunos opinen que peca de localista al reflejar entornos y vivencias muy particulares de la Cuba que nos ha tocado vivir ("Coppelia", "Río Quibú", "Gallego", "Viaje a Varadero"), pero creo que la inmediatez y el vínculo directo con un contexto son opciones más que necesarias al cumplir una importante función social. Al respecto, considero que algunas de sus letras son, sencillamente, medulares, definitivas, al margen de que ilustren su personal visión de diferentes fenómenos como la guerra de Angola ("Veterano"), la figura histórica del Ché ("Con la adarga al brazo"), y las sucesivas oleadas de emigración ("La otra orilla"), todo tratado siempre con ese tono de desgarro que toca sensibilidades y provoca la sintonía coincidente, poniendo a funcionar las neuronas y el corazón.
Por supuesto, hablar de la obra de Frank Delgado implica hablar de una obra que ha subsistido a base de piratería, o al menos un tipo de piratería relacionada más bien con la imposibilidad de acceder de otro modo a sus canciones, antes que a ese afán de lucro desmedido que se esconde tras dicha práctica habitualmente. Ajeno a leyes del mercado y hasta al contubernio de algún mecenas más o menos poderoso, el trovador se ha construido a pulso un lugar respetando la connotación bohemia y libre de la música. Sus temas no gozan de mucha difusión (a pesar de que han aparecido en los repertorios de Mezcla, Xiomara Laugart, Mayohuacán o Issac Delgado), y circulan en esa cofradía de seguidores (casi) incondicionales, al tiempo que le producen ataques de caspa a los censores y suspicaces, incapaces de entender que detrás (y delante) de cada frase crítica a lo que el cantor entiende que debe señalar, hay un voto de ineludible permanencia ("yo decidí a cuenta y riesgo quedarme aquí en esta orilla"). Quizás por eso es que sus discos (casi todos grabados en vivo) han aparecido en países como México, Argentina y España, mientras que en lo tocante a Cuba su obra aún espera por el interés de una (al menos una) de nuestras casas disqueras.
Vocalmente Frank tiene un rango limitado con cierto acento nasal típico de los soneros, perceptible sobre todo en su manera de improvisar en los montunos, pero también cuando hace una estupenda segunda voz, mientras que su modo de guitarrear, evitando las armonías excesivamente trilladas pero sin pretender un derroche de virtuosismo, consigue insuflar un acompañamiento orgánico. Si bien va quedando claro que prefiere presentarse a solas con su instrumento ha trabajado también con otros músicos, como Julián Fernández, Yoriel Carmona o la fructífera experiencia junto al Dúo Síncopa, además de compartir voces con Gunila, Erick Sánchez o el mítico Carlos Embale. Incluso llegó a apuntarse en esa aventura de ciencia ficción que es mantener un grupo propio (Cuerpo de Guardia) a inicios de los 90. No obstante, en esta faceta hay que hacer un punto y aparte con la cuarteta legendaria que lo unió, de por vida, a Santiago, Gerardo y Carlos a mediados de los 80. Esta asociación quedó en la memoria afectiva de una generación que escuchó la irreverencia musicalizada por estos cuatro mosqueteros de la trova cubana. Sus recitales, toda una revelación para la época, eran bocanadas de poesía comprometida y guitarras callejeras, con algo también de aquella ingenuidad que nos llevó a creer que el mundo era comestible y azul. El sueño fue compartido en toda su intensidad, y cuando sobrevino la inevitable ruptura (amistosa) y cada uno se aferró a su tabla de salvamento, Frank también lo hizo pero siguió cantando las canciones de los demás. Todavía lo hace.
Esa misma vocación por promover la obra de otros lo llevó a diseñar uno de los proyectos radiofónicos que hicieron historia en la difusión de la trova: El Salón de los Juglares, transmitido en Radio Ciudad de La Habana en los inicios de la década pasada. Por ese programa pasaron todos los que hacían este tipo de canción, desde los consagrados e históricos hasta los que recién empezaban; desde Pablo Milanés hasta Raúl Ciro. Maquetas y discos, grabaciones caseras y profesionales, formaban parte del concepto que se proponía con cada emisión, junto a comentarios aclaratorios siempre concebidos desde el conocimiento y la identificación. Tenía lo principal: comunicaba. Pero tal y como le sucede a las cosas cuando son del alma, desapareció un mal día y nos privamos de esa faceta otra del Frank creador.
Creo que este amago de acercamiento a los primeros 25 años de trayectoria artística de Frank Delgado deja todavía algunos cabos sueltos. No he pretendido abarcarlo todo, solo dejar constancia de su impronta creativa y la relevancia de una obra que considero genuina y trascendente. Por ahora, antes que lleguen sus biógrafos, le concedo la posibilidad de que él mismo se siga redefiniendo como Trovatur, erotómano autoconfeso, hombre que sufre, exCamilito, pregonero, ingeniero hidráulico, adivino y, en mi modesta opinión (aprovechando de paso para parafrasearlo un poco), "amigo, amigo, y así sucesivamente".
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