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Este espacio nace con la idea de que residan en él parte de los ecos de una voz armada que parecen no dejar de buscarse permanentemente en cada canción. Erick Sánchez, a quien no sé, ni quiero deliberada -casi culposamente- ubicar en alguna de las llamadas generaciones de la trova cubana porque no merece la impostura del encasillamiento y porque además es uno de esos trovadores de siempre y de ahora sin distingos de vejez, sabe del ritual de no romper la cadencia del latido en cuerdas de una guitarra.

Y lo hace con asombrosa ventaja, con pertrechos que saben a día, aún rondando la noche. Igual si es guaracha o son, guajira o balada, a su trova solo le basta con que él desnude su torrente de voz ufana y sin contradicciones. Y lo hace al filo de cualquier mañana, para cantar sus verdades de inalterable madeja. Resulta tan difícil dejar de creerle cuando invita a pensar, que cualquiera de sus cuestionamientos incluso puede invitar hasta con enfado a un baile. Pero más difícil aún no acompañarlo en la voz, a veces en el coro y siempre en el aplauso. Hace poco me dijo que el proceso de creación era como el impulso de amar, una suerte de contacto enamorado que desnuda por vez primera e invade de sorpresa y emociones. Descubrimientos sencillos y hondos, que casi todos conocemos por suerte y en los que simplemente se cree.

Más allá de eso, escucharlo cantar es, inevitablemente, adentrarse en las calles habaneras y en su calendario: enero, marzo, febrero y julio…como él dice, de cualquier año. Cronista de su andar, no tarda en reconocer su apego a una luz que bien puede quebrarse de no ser porque hay quienes asumen el reto de tomar la guitarra con osadía, a canto abierto, para invitar a nacer mil veces la vida entre acordes.

Aprendió a entretejer un vuelo íntimo y directo y aprovecha ese lenguaje. Quizás nació con él, que se hizo un trovador autodidacta a fuerza de combinar la música de la madre con la rudeza del padre. Por eso Erick, que es el autor de una Casa de cristal y que con iguales alambiques también lee cuentos del Decamerón, se niega a recoger en su voz la pena de un cristo que, ahora vestido de blanco desafía cruces, justo allí donde empieza la bahía habanera.

Por eso, igualmente, dice que todo él es una canción muriendo en la ciudad, que no quiere que la sordidez toque a su puerta, y que eleva al otro día, o luego de tan solo un segundo, una voz de reclamo, expectante y esperanzada, convertida, esa sí, en su mejor poesía. La ironía se adueña, y hasta se hace un hecho cierto que se nos convertirá en Picasso el día que otros lleguen a ser cubistas. Con distinto talante pero ahora sin más amenazas que la propia fe, le canta a sus deslumbramientos y compañías, a quienes rinde tremenda devoción y abrazo. Por eso hay un lugar para sus amigos en esta página. Y por eso esta página pretende ahora cantarle a él.

                                                         M.G.









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