CRÓNICA BLANCA
              (Sin racismo, que conste)

"Quiero saborear una trovada matamorina…"

Tengo un viejo amigo al que le debo una crónica, un viejo amigo que ya es un amigo viejo, como yo, ya algo viejo, y digo así porque para saber eso (ser viejo o ser algo viejo) hay un signo inequívoco: cuando al caminar por la calle y pasamos al lado de una mujer, sobre todo joven, ésta ni se entera, como si nadie hubiera pasado…no falla.

"Quiero beberme diez mil de un solo sorbo…"

A mi amigo le debo una crónica desde hace tiempo, más bien algunos años. Una crónica como muestra de admiración y de cariño, porque estos sentimientos son como el amor en la pareja: aunque se sepa, hay que decirlo siempre porque qué felices nos sentimos cuando nuestra pareja nos dice lo que siente por nosotros. Lo mismo sucede con los amigos, lo que pasa es que ese sentimiento, quizás por falso machismo o por no sé qué ancestro maligno de nuestros antepasados nos obliga irremediablemnte a no expresarlo casi nunca. Pero siempre me acuerdo de ese compromiso que yo mismo me he hecho y no me decido a empezar, por lo menos. La malo de todo es que ya se lo dije y ahora sí que debo hacérsela, si no, quedo mal, porque aunque entre verdaderos amigos nos perdonamos las cosas, de todas maneras siempre es bueno quedar bien.

"Y no ponerme a escuchar divagaciones…"

De manera que mi amigo ya no es un hombre joven, que digamos, en buen cubano es un poquito más de un medio tiempo, y tenemos algunas cosas en común: somos de dos pueblitos del oriente cubano que sus nombres, ambos, comienzan con "B" y fuimos a parar, cada uno por su lado, a la capital de aquella región que era y sigue siendo Santiago de Cuba; somos de baja estatura pero con un corazón inmenso, muy grande (aunque esas cosas uno no debe decirla; hay que esperar que a uno se lo digan, si es que lo merecemos); ambos cantamos acompañándonos de la guitarra, con la diferencia de que él canta mucho más bonito que yo y yo toco la guitarra un poquito más que él; ambos hemos grabado discos, él cantando sus canciones y yo acompañando a distintos solistas, otras, no tan bonitas como las suyas o tocando con distintos grupos musicales; ambos adoramos nuestra trova, toda, la de siempre, y la latinoamericana; ambos hacemos canciones, lo que ya él lleva como mil y yo sólo un poquitico, además de que las suyas son más bonitas que las mías. Mi amigo es todo un poetazo, el muy cabrón.

"De esos que pierden su tiempo en contemplaciones…"

Por si fuera poco, ambos pertenecemos a una generación (que el enemigo se empeña en llamar "perdida") de jóvenes artistas que por influjo del fervor revolucionario de los "barbudos" de la Sierra, se incorporó a la conquista y colonización de lo que se dio en llamar "la nueva canción cubana" que al gestarse en los años setenta del tan difícil e inolvidable siglo XX y al institucionalizarse, se creó el Movimiento de la Nueva Trova.

"De: cómo fue que le entró el agua al coco…"

Recuerdo muy bien cuándo y cómo lo conocí. Fue a finales de los años sesenta. Yo, para esa fecha hacía estudios de Medicina, y un compañero de carrerea me habló de él y un día fuimos a su casa. Vivía cerca de la famosa Casa de la Trova del heroico Santiago, para más señas. ¡Qué casualidad!

"Y qué fue lo primero que surgió…"

Su casa, más bien su casita, parecía un palomar porque estaba en lo alto de una añeja casona santiaguera y era chiquita, pero muy agradable y bonita, casa de artista, al fin. Vivía con su esposa que tiene nombre de flor y sus dos hijos, uno es un poeta de los colores y el otro hace un tiempo se fue a su asteroide, con El Principito y no sabemos qué tipo de locuras hará. Después, con el ir y venir me enteré que en aquel palomar-casa también vivían otros dos poetas que bebían de las estrellas y de la bahía, que se veía a lo lejos, cada noche, y que con el tiempo, también nos hicimos amigos. Recuerdo que uno de ellos, un mulato bembón, al decir de Guillén, tenía una "duquesa" por esposa (cosas de poetas, vaya Ud. a saber).

"Si la gallina o el huevo?..."

Mi primera impresión al llegar al palomar (sigámosle llamando así) fue que me recibió un inca grandísimo que ocupaba toda la puerta con su atuendo del Cuzco y todo, en forma de afiche, pero muy serio el tipo, digo yo que desconfiando de las visitas extrañas y tal vez recordando lo que Pizarro y su pandilla de genocidas hicieran a Túpac Amaru y los suyos.

"No señor, como no…"

Ese día lo oí cantar por primera vez. Canciones al estilo de las que poquísima gente hacía en esa época y que, claro, se oían muy poco: armonía sencilla, sin ningún tipo de alarde, ritmo interesante con raíces de nosotros y de otra cosa que realmente, en ese momento no supe qué era, melodía bella, muy cuidada y muy lógica al unirse al texto que era pura poesía (ya antes dije que el muy cabrón era un poetazo), qué fuerza tenía y qué belleza. Recuerdo ahora que aquellas canciones me hicieron pensar en Vallejo. Ni sé porqué. Por respeto a los dos (a los dos poetas) no se lo dije, sí a mi compañero cuando nos marchábamos de aquel primer encuentro. También recuerdo que ese día le pregunté que si su apellido era femenino, pues me parecía raro. Me dijo que sí, pero que él, no (por supuesto que nos reímos todos).

"Lo que yo quiero es saborear…"

A partir de aquel día seguimos viéndonos con frecuencia. Por influencia suya y de otros trovadores amigos, pero más por él por ser el más maduro (más profesional hubiera dicho en estos tiempos) me fui interesando poco a poco por ese quehacer musical desconocido por mí hasta ese momento, porque a la sazón, yo había oído mucha música, sobre todo cubana, pero no de ese tipo, llamésmole así. Fui aprendiendo a distinguir cuándo una canción era buena y otra no, y porqué. Empecé a leer y a conocer más poesía y poetas que antes.

"Una tonada matamorina, …"

Por fin me incorporé, sin ninguna coacción ajena, sólo por mí mismo, a aquella pléyade de jóvenes que fue la generación que tomó el cielo por asalto, como alguien dijera, y que se bebió completa la historia de su tiempo: la muerte del Che, la creación de los Movimientos de Liberación Nacional en África y Latinoamérica, la guerra de Viet Nam, las tiranías latinoamericanas, la lucha antirracista de Angela Davis y L. M. King, la desintegración de los Beatles, los yates de Miami en el puerto de Mariel, la creación del grupo Irakere y los Van Van, el otorgamiento del título de Ciudad Héroe a Santiago de Cuba, la muerte de Guillén y Lezama Lima, la llegada al poder en Gran Bretaña de una mujer con manos de hierro, la canción "Mis 22 años" de P. Milanés y la desaparición de la UMAP, la muerte de John Lennon, la entrega del Canal de Panamá, la explosión de Chernobil, el derrumbe del campo socialista y el muro de Berlín………

"sindogariana…"

Me siento orgulloso, muy orgulloso, de haber participado en aquellos encuentros, festivales debates, conversaciones descargas y más, con aquella gente, y haber conocido a aquella gente porque al cabo del tiempo creo que en parte yo soy de aquella gente, algo. Porque aquella gente es la misma. Estamos casi todos, los imprescindibles. Sólo unos cuantos se ha ido. Somos los mismos, sólo que más maduros, más formados y más convencidos de que siempre tuvimos la razón y estuvimos todo el tiempo al lado de la verdad, vale decir, de la mayoría. Y en ese lado también ha estado como el primer día, en la vanguardia, mi amigo, el de la crónica, mi amigo que ya no es un joven sino un artista maduro y muy convencido de su trabajo. Él, al igual que esa gente, sigue haciendo lo mismo "con la misma guitarra", como diría un entrañable amigo trovador en una reunión de aquéllas, en un encuentro de trovadores, recuerdo que fue en Las Tunas, su tierra, cuando se habló de crear un boletín y se discutía su nombre. Él propuso aquel nombre de con la misma guitarra, pero el boletín sólo quedó en una muy buena propuesta.

"Sí señor…"

Hace un tiempo vi en la prensa cubana, con motivo de haberse presentado a un jurado especializado la mejor discografía del año, que un disco de mi amigo había sido premiado con el galardón más alto, en su categoría, un disco que él añoraba hacer porque lo hizo con los amigos de siempre, con parte de aquella gente, y el disco es parte de lo que se sembró hace más de treinta años, no por el gusto se llama ESTE ARBOL QUE SEMBRAMOS.

¡Bingo! Por fin el gran premio que se merece hace tiempo. A mi juicio tardó mucho. Por fin el reconocimiento nacional a toda voz (ya puede morirse tranquilo, pero que no lo haga durante un gran tiempo). Ya no le pasará como a Piñeiro, Cuní. Chapottín, Embale, Barbarito, Carbonell, que no se homenajearon a tiempo… Me sentí de nuevo orgulloso por mi amigo y ¿por qué no? por mí también. La noticia la vi pot internet y les dije a los que estaban a mi lado: "ése es mi amigo". Meses después estando en una ciudad de México, en una exposición de discos y libros, vi el disco y, claro, lo compré. Sí ¡compré el disco de mi amigo! Y también le dije al representante de la disquera, "ése es mi amigo". Luego le hablé de Santiago y sus trovadores… el tipo me regaló una revista de promoción disquera donde venían algunos discos cubanos, pero no se imaginó que allí se comentaba sobre el disco que acababa de comprar y otros de la gente de siempre, ya algo viejos también, como yo y como mi amigo.

"Como no."

Tengo que hacerle una crónica a mi amigo y decirle que siempre lo he admirado y que me he sentido orgulloso de pertenecer a su tiempo, porque a los amigos, sabiendo ellos que uno los admira y los quiere, hay que decírselos, aunque sea una vez, y esa parte de la crónica no se me puede olvidar, sería imperdonable de mi parte, sí señor, como no.

MANUEL MULET
   Torreón, Coahuila, México.
   Abril del 2006